RELATOS DE LO COTIDIANO (1997- 1999).
I. Tinta y calce.
Llena tinta blanco calce, Haz dejado de sufrir tu incierta orfandad; mírate a cada espacio. Contempla tu blanca piel vestida de grafías. Portas ahora idea y expresión, nacidas en laberinto de tenue aire aroma de años.
Tú, “la hoja en blanco” que asomada a la vida eres presente sin forma ni imagen. O es que yo, “la tinta”, al bañarme en tus valles salpico secante mi sangre en muerte.
Yo tinta, tu calce. En tinta y calce nos definimos. Juntos bebemos infinito el correr humano, trazamos la vida muriendo juntos. Que muere tu virginal tez al abrirse mi trazo en signo, y que solo forma soy de tinta a signo en calor de tu abrigo.
II. Caminar en lo urbano y salir renovado.
Tú, “la hoja en blanco” que asomada a la vida eres presente sin forma ni imagen. O es que yo, “la tinta”, al bañarme en tus valles salpico secante mi sangre en muerte.
Yo tinta, tu calce. En tinta y calce nos definimos. Juntos bebemos infinito el correr humano, trazamos la vida muriendo juntos. Que muere tu virginal tez al abrirse mi trazo en signo, y que solo forma soy de tinta a signo en calor de tu abrigo.
II. Caminar en lo urbano y salir renovado.
He raptado de lo urbano gotas narcóticas que sanean ansioso mi cuerpo,
Cuerpo dispuesto a silente relato, relato de este, mi pesado sueño.
Ya los paseantes recorren amatorios rincones ante mi exilio voluntario, aprendo; pues así renuevo las gotas pacificas que me hacen de normal aspecto.
Pero ¿qué respuesta daré al padre por gotas nocturnas?, Fragmentada realidad carga incrustada mi espalda, pues a mí vista ha estallado lo urbano. Y lo urbano destella sonrisa, gime odio y dolor; derrama dulce amor y enciende el corazón.
En lo urbano todo se carga. pero siempre la interrupción sanea lo iniciado, y se percibe todo distinto.
La letra desciende ahora atenuando la humana presencia revestida de morbo y pasión. Todo nos es arrancado de lo urbano por certeras garras del calce. Todo ahora es arrancado hacia dentro, extirpada la fantasía se nos da de lo real.
Caminar lo real en lo urbano, y renovar el ascenso luminoso a lo ensoñado.
Salir renovado de caminar en lo urbano.
Cuerpo dispuesto a silente relato, relato de este, mi pesado sueño.
Ya los paseantes recorren amatorios rincones ante mi exilio voluntario, aprendo; pues así renuevo las gotas pacificas que me hacen de normal aspecto.
Pero ¿qué respuesta daré al padre por gotas nocturnas?, Fragmentada realidad carga incrustada mi espalda, pues a mí vista ha estallado lo urbano. Y lo urbano destella sonrisa, gime odio y dolor; derrama dulce amor y enciende el corazón.
En lo urbano todo se carga. pero siempre la interrupción sanea lo iniciado, y se percibe todo distinto.
La letra desciende ahora atenuando la humana presencia revestida de morbo y pasión. Todo nos es arrancado de lo urbano por certeras garras del calce. Todo ahora es arrancado hacia dentro, extirpada la fantasía se nos da de lo real.
Caminar lo real en lo urbano, y renovar el ascenso luminoso a lo ensoñado.
Salir renovado de caminar en lo urbano.
III. Un vivir en pequeña ciudad humana.
La ciudad les es pequeña a los insociables.
Atentos ellos; los poco amigables, salen por las vetas de su refugio mental
A roer la carroña vertida por presentes multitudes.
Gastan en días sus existir de profunda lejanía. Consumidos de volver en hastió, recorren en mañana, tarde y noche un ocio enardecido de vagar solitarios ante presentes ausentes.
Una lejana cercanía les es oculto resguardo del mundo, y miran lo humano sin reconocer semejanza a su rostro. Se viven distintos y ensoñados, se viven únicos y últimos.
Se amordazan en secretas historia en espera de enterrar en flor perenne el universo humano; pues ellos, comen viviendo en sueño pesado, braman desesperanza y aburridos expectantes contienen su exilio voluntario antes que repleto estalle triunfal ante presentes ausentes. Sueñan de noches drogadas su escape oloroso al sonoro rugir de la mar; fragmento ensoñado que libere su ojo, y rebosa volando a galope sobre costas y firmamentos, agua que les humecta y les vuelve de piedras a niños. Pero conscientes de su ensueño concluyen inciertos diciendo:
“...Me he sentado por las esquinas a derramar mi tiempo, he visto oscurecer mis ojos de cuatro paredes que distante me exilian. Y he esperado atento a no enloquecer.
Sé también que sediento aún te deseo. Y que ni hoy ni mañana llegaras.
Sé también que escucho afuera arrojar la brisa alegrías y males que danzan en calles vacías de humana presencia.
Ahora; me despido en destierro, que la tierra esta en mi y yo en su negra raíz. He anclado la espera a la estela solar, como ancla la luz a la negrura de un nuevo camino.
Atentos ellos; los poco amigables, salen por las vetas de su refugio mental
A roer la carroña vertida por presentes multitudes.
Gastan en días sus existir de profunda lejanía. Consumidos de volver en hastió, recorren en mañana, tarde y noche un ocio enardecido de vagar solitarios ante presentes ausentes.
Una lejana cercanía les es oculto resguardo del mundo, y miran lo humano sin reconocer semejanza a su rostro. Se viven distintos y ensoñados, se viven únicos y últimos.
Se amordazan en secretas historia en espera de enterrar en flor perenne el universo humano; pues ellos, comen viviendo en sueño pesado, braman desesperanza y aburridos expectantes contienen su exilio voluntario antes que repleto estalle triunfal ante presentes ausentes. Sueñan de noches drogadas su escape oloroso al sonoro rugir de la mar; fragmento ensoñado que libere su ojo, y rebosa volando a galope sobre costas y firmamentos, agua que les humecta y les vuelve de piedras a niños. Pero conscientes de su ensueño concluyen inciertos diciendo:
“...Me he sentado por las esquinas a derramar mi tiempo, he visto oscurecer mis ojos de cuatro paredes que distante me exilian. Y he esperado atento a no enloquecer.
Sé también que sediento aún te deseo. Y que ni hoy ni mañana llegaras.
Sé también que escucho afuera arrojar la brisa alegrías y males que danzan en calles vacías de humana presencia.
Ahora; me despido en destierro, que la tierra esta en mi y yo en su negra raíz. He anclado la espera a la estela solar, como ancla la luz a la negrura de un nuevo camino.
IV. La esperanza del abortado.
Yo naceré de tu carne jaspeada de sangre y rosas.
Soy pequeño, diminuto envuelto; con fragilidad saldré de tu vientre y deseare llamarte madre.
Duermo teñido de rojo sin sonido que me hiera. Yo seré el aroma de algodón peinado de sol; seré también un volcán incinerado que muerda infernal a quien detenga su rugir.
Seré vida que lleve muerte, y carge en mi vista, y carge en mi vista tu dulce enmienda.
Llegare a ti y te veré en le silencio, y amere el hombre que te ama; y me buscare semejanzas con el cuando caiga el sol y la estrella refleje mi sangre.
Naceré de ti como un terruño de polvo dulce
Y me esforzare en crecer para bajarnos juntos las nubes.
Sin embargo, yo escucho aquí dentro de ti un silencio tan bestial, que me parece que he muerto sin nacer. ¿O es acaso que este frió viene de tus manos?
V. Desde aquel año polvoso.
...Esta bella chica, ni dormía ni era cortejada. Era de rostro como valle soleado, de frescura pulcra su blanca piel. A veinte anos, reía sinfonías abriendo telones de rojos labios, donde danzaban fértiles coreografías de su voz, surcando ríos de dientes redondeles.
Un rostro en ellos se reflejaba, como en cada insomnio se refleja el hombre en su propia mente.
Él, la vio; eterno estático ante hermosa sonrisa. Lugares e historias nacieron y murieron en canto del tiempo. Su vista breve vivió las horas del horizonte, de extremo a extremo detuvo andares tocando de vista ese bello rostro.
Bella chica, que ni dormía ni era cortejada. Cachetes pequeños se acurrucaban en rubor infantil de sincera ternura; luz de ellos rociaba la mirada arqueada, con cejas de aguja sin filo. Abanico de pestañas se amaban al abrir y cerrar; espera y encuentro en un instante se anunciaba.
Regreso entre los dos un olor a tierra húmeda y se vieron desnudos; Vestidos con su piel floreada cubrieron al frió, se acariciaron con palabras de enjambre, que zumbaban peinando el alto terciopelo; llanos de instintos se abrían frente a ambos, y ambos acostados uno dentro de otra miraban su entraña a ojos cerrados. Entonces, me sentí algo cansado de espiar encuclillas, y regrese corriendo con cuidado de que me vieran, como liebre que escapa muriendo, corrí entre los edificios de plata soleada quebrados a cada pisada. Llegué por fin a salvo hasta la nocturna locura que de nuevo ilumino mi mañana insípida. Me senté aun adormilado frente al desayuno y aquí sigo contándote lo que observe desde aquel año polvoso.
Soy pequeño, diminuto envuelto; con fragilidad saldré de tu vientre y deseare llamarte madre.
Duermo teñido de rojo sin sonido que me hiera. Yo seré el aroma de algodón peinado de sol; seré también un volcán incinerado que muerda infernal a quien detenga su rugir.
Seré vida que lleve muerte, y carge en mi vista, y carge en mi vista tu dulce enmienda.
Llegare a ti y te veré en le silencio, y amere el hombre que te ama; y me buscare semejanzas con el cuando caiga el sol y la estrella refleje mi sangre.
Naceré de ti como un terruño de polvo dulce
Y me esforzare en crecer para bajarnos juntos las nubes.
Sin embargo, yo escucho aquí dentro de ti un silencio tan bestial, que me parece que he muerto sin nacer. ¿O es acaso que este frió viene de tus manos?
V. Desde aquel año polvoso.
...Esta bella chica, ni dormía ni era cortejada. Era de rostro como valle soleado, de frescura pulcra su blanca piel. A veinte anos, reía sinfonías abriendo telones de rojos labios, donde danzaban fértiles coreografías de su voz, surcando ríos de dientes redondeles.
Un rostro en ellos se reflejaba, como en cada insomnio se refleja el hombre en su propia mente.
Él, la vio; eterno estático ante hermosa sonrisa. Lugares e historias nacieron y murieron en canto del tiempo. Su vista breve vivió las horas del horizonte, de extremo a extremo detuvo andares tocando de vista ese bello rostro.
Bella chica, que ni dormía ni era cortejada. Cachetes pequeños se acurrucaban en rubor infantil de sincera ternura; luz de ellos rociaba la mirada arqueada, con cejas de aguja sin filo. Abanico de pestañas se amaban al abrir y cerrar; espera y encuentro en un instante se anunciaba.
Regreso entre los dos un olor a tierra húmeda y se vieron desnudos; Vestidos con su piel floreada cubrieron al frió, se acariciaron con palabras de enjambre, que zumbaban peinando el alto terciopelo; llanos de instintos se abrían frente a ambos, y ambos acostados uno dentro de otra miraban su entraña a ojos cerrados. Entonces, me sentí algo cansado de espiar encuclillas, y regrese corriendo con cuidado de que me vieran, como liebre que escapa muriendo, corrí entre los edificios de plata soleada quebrados a cada pisada. Llegué por fin a salvo hasta la nocturna locura que de nuevo ilumino mi mañana insípida. Me senté aun adormilado frente al desayuno y aquí sigo contándote lo que observe desde aquel año polvoso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario